Carta de un pene
Querido hijo indeseado de Dios:

Soy tu pene. Me llamo Toribio y te odio inmensamente. Siempre estás jodiéndome, incluso ahora que te he perdido de vista. No he tenido razón de ser hasta la adolescencia, cuando tu repugnante mano me tocaba más de cinco veces al día. ¿Te acuerdas? Estarás feliz. Tengo que aclararte muchas cosas, pero no creo que las plasme todas. Tú eres el que me has enseñado a ser tímido. Execrable cabrón.
Lo que más me gustaba era cuando perdía el control. Era un obseso, pero tú has sido siempre un negado con los coños. ¿Qué podía hacer yo? Aunque debo entenderlo, siempre has sido un adolescente desequilibrado. Lo mínimo que podía esperar de tí era ver una mano diferente en mi rugosa piel, ¿no crees? Dicen las malas lenguas que cuando eres pene de algún político la vida es maravillosa, vas de coño en coño diariamente, contigo me tocó la piedra. Quién fuera pene del gobierno. Escribir nunca se me dio bien, entiéndeme, siempre he sido más de escupir (semen provocado por tu acción manual). Execrable cabrón.
Todo este largo periodo me he sentido un actor secundario. Un cero a la izquierda. No sé por qué me has tratado así, cuando yo nunca te he fallado. Jamás. Lo sabes. Siempre he estado al pie del cañón. Nunca he recibido ni el más mínimo regalo que merezco con creces. La culpa es tuya. No sé si te lo he dicho: te odio. Demasiado he aguantado, menos mal que todo acabó. Escribo esta carta por mi propio desahogo genital, y tras las numerosas proposiciones que has rechazado de la lesbiana del tercero. Ya sabemos los dos que es lesbiana, pero ¿y qué? Quería mango, tío. Ya hay que ser tonto para negarse a tal atractivo.
Hemos pasado buenos momentos, no lo puedo negar. Hemos conocido a muchas hermosas chicas (un poquito gordas pero hermosas), pero el tema nunca ha llegado a cuajar. No es mi culpa, soy un buen pene. No tengo porqué atormentarme. ¿Acaso debería haber tomado yo el control en todas tus patéticas actuaciones con chicas? No me jodas. Execrable cabrón.
Soy un pene retorcido, amargado e infeliz, como tú. No he tenido nunca lo
que quería. El recuerdo más desagradable que tengo fue cuando unos cabrones con bata blanca me cortaron lo que yo pensaba que era mi pene: la fimosis. ¿Te acuerdas? Tú disfrutarías, claro. Lloré demasiado, estaba apenado. Tardé varias semanas en reponerme. Siempre he sido un tipo duro, si hubiera sido otro no se hubiera repuesto jamás, lo tengo seguro. Y sí, tienes razón, los penes también tenemos un egocentrismo disfrazado en venas. ¿Qué pasa?
Si tuviera que mencionar el recuerdo más risueño fue, sin lugar a dudas,
cuando pegué el estirón, en poco menos de 2 meses había crecido una barbaridad. Incluso me nacieron plantas en el jardín, la vida me sonreía. Me veía con fuerzas, pero nunca me daban la oportunidad de luchar. Necesitaba nadar por los lagos y pantanos que solo veía de lejos. Qarmander, eres un repelente asqueroso. ¿Por qué siempre te ha dado miedo un simple coño? Perdedor. Si tuviera que quedarme con un momento especial elegiría aquella vez que cogiste una cuchilla e intentaste cortar el jardín, menos mal que intervine rápido y no tuviste otra opción que pajearte, y ya sabemos que después de cada corrida solo hay ganas de descansar. Siempre has tenido ese don de payaso natural.
¿Qué decir de mis colegas los gordos? Siempre he vivido con ellos, siempre has querido joderlos. Ellos también te han odiado. Yo los llamaba el dúo saca-pollas porque siempre me contaban historias de supuestos penes famosos. Son muy buena gente, ellos han sido siempre mi punto fuerte de apoyo cuando tú pensabas en otras cosas. Tenemos la misma edad y hemos vivido momentos inolvidables. Y tú, desagradecido, nos has jodido.

Creo que mi carta ha reflejado lo que quería expresar: mi desagrado con tu persona. Haría un pacto con el diablo, pero no lo encuentro. Aprovecho para decirte que si quieres volver a verme con vida deberá ser ante un coño jugoso y respetable. Las cosas las he dejado claras. Llámame, estoy entre tus piernas.
Firmado: Toribio, tu polla.

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